Los trenes duermen su gloria en su cementerio, al sur de Bolivia

"Así es la vida", escribió alguien con un spray en un vagón de uno de los trenes traídos a Bolivia a fines del siglo XIX para el transporte de minerales y que fueron abandonados en la población de Uyuni, luego de que los ferrocarriles a vapor quedaran obsoletos.

"Así es la vida", escribió alguien con un spray en un vagón de uno de los trenes traídos a Bolivia a fines del siglo XIX para el transporte de minerales y que fueron abandonados en la población de Uyuni, luego de que los ferrocarriles a vapor quedaran obsoletos.Lo llaman "el cementerio de trenes" y desde lejos se ve como un amasijo de fierros a la intemperie. Una veintena de locomotoras y unos 60 vagones descansan allí en medio de este desierto del sur de Bolivia, cerca del Salar de Uyuni, el más grande del mundo.Las máquinas, que antes sirvieron para el desarrollo de la naciente industria minera del estaño, yacen ahora sobre vías desmanteladas, olvidadas y en desuso, desde mediados de la década del 30 y 40 del siglo pasado, cuando los trenes a diesel desplazaron a los antiguos ferrocarriles de vapor.El viento, el frío o el calor los han convertido en fierro y sarro, sólo útiles para los turistas que escriben sobre sus estructuras mensajes burlones que no se conduelen de los servicios aportados al desarrollo del país.Uyuni, a 3.650 metros sobre el nivel del mar, era un punto estratégico en el recorrido entre los Andes y el océano Pacífico, y por esa razón allí estaba una importante maestranza (taller de trenes).Con el tiempo vagones y locomotoras que eran llevados allí para reparación comenzaron a acumularse, y cuando se dio el paso del vapor al diésel quedaron obsoletos, nadie les volvió a prestar atención y fueron abandonados a su suerte en ese desierto.Tito Ponce, empresario hotelero de Uyuni, dice a la AFP que su sueño es convertir el cementerio de trenes en un museo."Las locomotoras y los vagones fueron abandonados en el siglo pasado. Las locomotoras son de fabricación inglesa, pero sé que también hay algunas de fabricación argentina. Hay urgencia de convertir este cementerio de trenes en un museo, porque hay trenes que son históricos", dice."Hay por ejemplo un coche presidencial, que era utilizado por distintos presidentes que viajaban por el lugar a principios del siglo pasado y años después. Ese vagón tenía una sala, mesas y hasta una cocina; todo se lo han robado", agrega.También "hay robo del fierro que se lo funde nuevamente y no hay quien controle. En la noche hay gente que va con aparatos de soldadura y se roba el fierro", relata."Necesitamos una política de Estado, no sólo de la región, porque el cementerio de trenes, convertido en museo puede dar muchos ingresos a la población", agrega el empresario.El descuido se ve en la impunidad con que la gente escribe sus grafiti en los vagones: uno puso en letras blancas lo de "Así es la Vida", y más allá algún otro, buscando despertar una sonrisa, puso "Se necesita mecánico con experiencia", y otro más "vendo chatarra".Estos trenes llegaron al país en la década del 80 del Siglo XIX, cuando el entonces presidente Aniceto Arce, que era un magnate minero, construyó los primeros rieles del tren hasta sus minas de estaño en la zona de Huanchaca, en el departamento andino de Oruro y luego creó la infraestructura para llevar el mineral hasta el Océano Pacífico.Hasta ese momento el mineral era transportado a lomo de llama, auquénido de carga de los Andes.Fue el momento de esplendor para estos trenes, colosos que podían vencer a la cordillera subiendo hasta más allá de los 4.000 metros de altura. Pero al final, terminaron en el cementerio. Así es la vida.

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