La hora de rendir cuentas llegó para el ex dictador argentino Bignone

El último dictador argentino, Reynaldo Bignone (1982-1983), ha comenzado a rendir cuentas ante un tribunal, tras confesar que el régimen hizo desaparecer a 8.000 personas y que el método de tortura y ejecución clandestina se inspiró en militares franceses de la guerra de Argelia.

El último dictador argentino, Reynaldo Bignone (1982-1983), ha comenzado a rendir cuentas ante un tribunal, tras confesar que el régimen hizo desaparecer a 8.000 personas y que el método de tortura y ejecución clandestina se inspiró en militares franceses de la guerra de Argelia.Vestido con saco, pantalón y camisa sport, sin corbata, este hombre que ahora es un anciano encorvado de 81 años, escuchaba el martes la lectura de los cargos con la mirada fija en los jueces, en un galpón de la periferia noroeste de Buenos Aires, improvisado como sala de audiencias."Hablan de 30.000 (los organismos de derechos humanos), pero sólo fueron 8.000 (los desaparecidos)", dijo Bignone una vez en una entrevista con la periodista francesa Marie-Monique Robin, contenida en el documental "Escuadrones de la Muerte. La Escuela Francesa".Fue ante la cronista cuando este general retirado del Ejército (terrestre), reveló que "los (instructores) franceses dictaban conferencias y evacuaban consultas. Para algo estaban acá (en Argentina). No cobraban el sueldo de gusto".Sobre la tenebrosa metodología, dijo que "fue una copia. Inteligencia, cuadriculación del territorio dividido por zonas. La diferencia es que Argelia era una colonia y lo nuestro fue dentro del país".Acusado de secuestro y tormentos en perjuicio de 56 víctimas durante los tres primeros años de la dictadura, entre 1976 y 1978, se lo considera uno de los jefes del Centro Clandestino de detención que funcionó en los cuarteles de Campo de Mayo (periferia oeste), no muy lejos del galpón donde se lo juzga."Hubiera sido un error trágico publicar una lista de muertos. Después vendrían los interrogantes: ¿quién lo mató, dónde está el cadáver, por qué lo mataron?", dijo en otra oportunidad, según se publicó en el libro "El último de facto".Bignone no está sólo en el patio del galpón que los niños del barrio usan como cancha de fútbol-sala, y a su lado siguen la audiencia en silencio otros ex jefes militares de Campo de Mayo, todos octogenarios y acusados de delitos de lesa humanidad, en otro capítulo del prolongado 'Nuremberg argentino'."Es muy loco (extraño) estar enfrente de estos tipos y ver la edad que tienen y saber que pronto se van a morir", dijo a la prensa Rufina Gastón, esposa de Aldo Ramírez, uno de los trece obreros del astillero Astarsa que fueron detenidos-desaparecidos en Campo de Mayo en 1977.Hace casi treinta años fue el militar designado por descarte para conducir sin pena ni gloria el ocaso dictatorial, después de la perdida guerra de Malvinas en 1982 y quien le entregó el poder al presidente radical socialdemócrata Raúl Alfonsín (1983-1989).En el momento en que los acusados entran a la sala, decenas de familiares de víctimas y activistas de derechos humanos levantan carteles con las fotografías de las víctimas, mientras otros afuera hacen sonar bombos, sin incidentes, en un proceso que durará hasta la primera o segunda semana de marzo de 2010."Siento la nostalgia de pensar que pasaron 32 años y muchas de las mujeres de los (13) obreros navales están muertas. Otras torturadas, no pueden venir porque nunca se recuperaron psicológicamente", reflexionó Rufina Gastón.Mientras tanto, se espera que comiencen a declarar en los próximos días los 130 testigos convocados por el Tribunal, cuyos miembros tuvieron con los acusados la piedad que faltaba en las mazmorras de Campo de Mayo, al concederles audiencias diarias breves, de cinco horas, por su avanzada edad.

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