Un regalo necesario

En el fin de semana de diciembre, cuando todo es “amor y paz”, cuando todas las casitas lindas de Connecticut se visten de rojo y verde, cuando todos cantan coritos de unidad y prosperidad...

En el fin de semana de diciembre, cuando todo es “amor y paz”, cuando todas las casitas lindas de Connecticut se visten de rojo y verde, cuando todos cantan coritos de unidad y prosperidad, cuando todo el mundo festeja la Navidad, el Hannukah, o Kwanza,  deciden en mi casa por voto popular y elección democrática, que soy la elegida para salir de mi tibia casita y enfrentar la fría mañana para comprar pan fresco de la panadería de los portugueses ( el mejor pan que he comido, por si acaso).

Aprovechando ya el enfriamiento de mis huesitos, aprovecho de ir a mi “convenience store”  preferida a comprarme un rico cafecito y de paso, saludar a mi gran amigo vietnamita y felicitarlo por las fiestas.

Al entrar, el “chinito” me saluda amablemente y me dice como siempre : Malia (Maria) , hola Malia,  how are you?  Frase jocosa que provoca la risa de un adolescente africano que limpiaba el piso, el cual supongo yo, era el nuevo ayudante de la tienda.  Anecdótica la risa burlona del muchachito al principio, pero fastidiosa y  tonta al pasar los segundos en los que se seguía riendo de mí sin ningún reparo. En mis adentros pensé…“  ni modo, comprare mi café,  aguantaré al chiquillo y dejo las felicitaciones para otro momento”…,  asumiendo ya que el jovencito tenía alguna discapacidad social o mental.

So far, so good.  Formé la fila detrás de un señor italiano ya de avanzada edad, muy educado y galán, que religiosamente, compra todos los días números de lotería por si acaso, en el ocaso de su vida,  el tío Sam lo premia y muere millonario.

De pronto, suena la campanilla de la puerta abriéndose e irrumpe en la tienda un hombre de edad promedio, blanco, con una peste a cigarro y con un humor del mellizo del diablo. Las vibraciones que ese hombre propició al ambiente fueron automáticamente negativas provocando una incomodidad general, menos al pobre africanito desubicado que, así como lo hizo conmigo, se sonrió, balbuceo y rió de nuevo.

Como era pronosticado, pues el sujeto ya venia con ganas de pelear o quejarse de algo, miró al muchacho y le gritó: Why are you looking at me with your ugly face? Don’t you like Americans? Don’t you like America? … If you don’t like it….. leave, leave, leave!!!

Ahí me encontraba yo, con el endiablado detrás mío quejándose de todo ser vivo que no tuviera su color de cabello ni su procedencia genealógica. 

Rápidamente, mi mente me llevo a la famosa  y popular frase: América, país de inmigrantes…. Esa sopa de razas, credos y colores representada no necesariamente de una manera ideal en esos momentos, pero real al fin.  Grafiquen ustedes esta escena:   En una “convenience store”, parte de una cadena de capitales hindúes con un asiático de cajero, un italiano comprando lotería, una latina deseando un café,  y un  “pseudoamericano”, dueño del país y la tierra, lanzando improperios raciales contra un pobre niño, que independientemente de ser blanco, negro o amarillo, sufre de una discapacidad mental que lo hace frágil, entendible y soportable.

Ahí estaba yo, con ese mi espíritu amante de la justicia social y la igualdad de todo ser humano completamente embargado,  encolerizada e indignada por la barbarie de este ignorante ciudadano que se creía, cual ario nazi, un animal superior con el derecho de humillar y estropear a cualquiera que se le antoje.

A punto de abrir mi boca, gritarle sus verdades e incluso acusarlo por racismo segregacional  y maltrato infantil, expuesta a también recibir un agravio fuerte, el tipo se me adelantó y dijo : I can not wait all day here for a f… cigarrette….!  Y agarrando todo su humor, sus frustraciones personales, sus conflictos existenciales, sus demonios personales, tiró la puerta y se fue.

Ahí nos quedamos mi respetado anciano de las loterías y yo mirándonos atónitos con la actitud del Cromagnon americano;  mi pobre amigo vietnamita totalmente avergonzado por lo sucedido, y el desdichado muchachito  africano con ese regalo amargo de Christmas en USA….  Lo agarré, le di un abrazo y le dije: Nunca, nunca juzgues mal a este país por un tonto lunático que solo tiene rencor y amargura en su vida, y nunca te desanimes de conquistar tus sueños.

Me quedé pensando algunos días en este incidente. Me quedé buscando un regalo adecuado para nuestra sociedad y lo encontré: se llama TOLERANCIA…  Todavía no he regresado a la tiendita, pero créanme que cuando lo haga,  jamás me volverá a fastidiar la risita burlona o los balbuceos de este muchachito…. que lejos de ser africano o inmigrante, es un ser humano con derechos inalienables como usted, como yo y como todos.

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