Yo estoy inconforme y enojado con Dios

Estas dos expresiones no son nuevas en nuestro diario vivir y con personas que están pasando momentos difíciles o trágicos. Todo lo malo que nos sucede le echamos la culpa a Dios.

Estas dos expresiones no son nuevas en nuestro diario vivir y con personas que están pasando momentos difíciles o trágicos. Todo lo malo que nos sucede le echamos la culpa a Dios. El otro día que visitaba una Iglesia del área pude observar que a la entrada del Templo que una niña lloraba a gritos y le respondía bien feo a su mamá.

Me acerque irrespetuosamente y les pregunté que era lo que pasaba. La niña inmediatamente me respondió que odiaba a su mamá porque ella no la quería llevar a McDonalds a comerse una hamburguesa, la mamá me comentó que por lo menos 2 veces a la semana la complacía pero que ahora quería todos los días y que no quería la comida casera. Yo le dije a la niña que se calmara, que estábamos al frente del Templo y me dijo: “A mi que me importa Dios, yo no le pedí que me trajera al mundo, además no quiere a mi mamá”. Son expresiones de niños y jóvenes resabiosos o manipuladores.

Como esta niña muchos de nosotros queremos manipular al mundo, al sistema y a Dios. Yo estoy inconforme con Dios, porque vengo de una familia pobre, porque nunca conocí a mi papá, porque nací moreno y de ojos verdes. No estoy contento con Dios, pues siempre le he pedido ganarme la lotería y nunca me la ha dado. Tenía tanta confianza en Dios que estaba convencido que en el día de hoy, como lo hizo ayer, me daría el alimento que necesitaba para mi cuerpo, pero ahora descubro, al ir a la cama, que no abrí ni el candado de la puerta principal para que Él entrara.

“Cuenta la leyenda que un maestro viajaba con un discípulo suyo que tenia la responsabilidad de cuidar su camello. Una noche, rezo mientras se acostaba para dormir: “cuida tú mi camello, lo dejo en tus manos”. A la semana siguiente, el camello había desaparecido. “¿Dónde esta el camello?”Le pregunto el Maestro. “No lo se” le contestó el discípulo. Tienes que preguntarle a Dios. “Anoche lo deje en sus manos porque estaba demasiado cansado. No es culpa mía que se haya escapado o haya sido robado. Yo he pedido a Dios que lo vigilara”. Es Dios el responsable de todo esto. Tú me dices, Maestro, que tengo que confiar en Dios con toda tu alma. Le contestó el Maestro, pero también ata el camello, porque “Dios no tiene otras manos que las tuyas”. No le eches toda la culpa de tus problemas a Dios. Tú eres la solución o el problema.

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