¿Por qué, ah?

Cuando la gente se enteraba el viernes pasado de que el prestigioso Premio Nobel de la Paz había sido concedido al presidente Barack Obama, la respuesta invariablemente era “¿por qué, ah?” Más que alegría, más que gratitud, más que orgullo, había sorpresa. Y no era para menos. Hasta el propio presidente dijo haber quedado sorprendido.

El Comité que eligió al ganador de este año expresó que Obama merecía el premio porque “sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia y la cooperación internacional entre los pueblos, les ha dado a estos esperanzas para un futuro mejor”.

¿”Esfuerzos”? ¿”Esperanza”? 

Tradicionalmente, el Premio Nobel de la Paz ha sido otorgado a quienes “lograron”, “obtuvieron”, “consiguieron”, resultados extraordinarios y sumamente importantes para la paz; no a quienes simplemente “trataron”, “prometieron” o “hablaron” al respecto, por muy buenas intenciones que tuvieran.

Debido a los plazos bajo los que trabaja el comité del Premio Nobel, cuando Obama fue nominado para el premio (antes del 1 de Febrero de este año), el presidente tenía en ese cargo apenas dos semanas. Si fue seleccionado como ganador, tiene que haber sido por su trabajo antes de esa fecha, trabajo que sustentaba su nominación. ¿Qué había hecho Obama hasta entonces? Dar unos discursos intelectual y políticamente brillantes; conducir una campaña electoral sofisticada; y por supuesto, lograr ser elegido el primer presidente de raza negra en la historia de Estados Unidos.

Conducir una campaña electoral sofisticada, aunque meritorio, no es razón para obtener el Premio Nobel de la Paz. Sus discursos, por otro lado, delinearon con frecuencia una visión de mayor cooperación internacional y menos prepotencia estadounidense; también llamaron a una apertura respetuosa hacia el mundo musulmán, y ofrecieron correcciones a los abusos cometidos en el ámbito legal internacional por el gobierno del presidente George W. Bush.

El problema es que toda o la mayor parte de esta visión está aún por realizarse, y nadie puede decir si de hecho se realizará o no. Es decir, darle el premio Nobel de la Paz a Obama por lo que pueda hacer en el futuro es como darle anticipadamente a un atleta olímpico la Medalla de Oro por la carrera que va a correr. Peor aún, Obama está tan comprometido con la paz como con la guerra. Él sigue siendo el comandante en jefe de la guerra en Irak, y de la guerra en Afganistán, y tal vez de un próximo conflicto armado en Irán. O en Corea del Norte.

Lo único que queda por argumentar a favor del Premio Nobel de la Paz para Obama es el hecho de haber sido elegido el primer presidente de raza negra en la historia de Estados Unidos. Dada la importancia que la esclavitud tiene en la historia de este país; dado que su aceptación por el votante estadounidense ha dado un impulso a la mejora de las relaciones entre el hombre negro y el hombre blanco en Estados Unidos; dado el significado que su ascendencia al poder tiene para las personas oprimidas; dada la fuente de inspiración que resulta su historia personal para millones de seres humanos; y dado el ejemplo que su caso representará para las generaciones futuras, su obra –por corta que sea- ya es significativa para un mundo que necesita lograr armonía para poder vivir en paz.

Si esa es la razón por la que se le dio el premio, muy bien. Si no lo es, entonces, con todo el respeto que se merece el presidente, el premio es prematuro.

Curiosamente, ser el primer hombre de raza negra que llega a la presidencia de Estados Unidos, es una razón que el comité del Premio Nobel no dio al anunciar como ganador a Obama. Quizás los miembros del comité no quisieron alborotar el gallinero trayendo el tema racial a la mesa. Quizás entonces Obama no debió aceptar el premio. Quizás, si hubiera declinado, el mundo entero lo estaría aplaudiendo… en vez de preguntarse ”¿por qué, ah?”.

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