El Negocio de la Muerte

América Latina está inundada de armas de fuego y los latinoamericanos están pagando las consecuencias

Un reciente análisis preparado por Nydia Sarria para el Concejo Sobre Asuntos Hemisféricos (COHA, por sus siglas en inglés), señala que, según el Congreso Norteamericano para América Latina, hay entre 45 y 80 millones de armas ligeras en la región. “Arma Ligera” es definida como aquella que es operada por un solo individuo o por un grupo pequeño de individuos, e incluye pistolas, revólveres, rifles de asalto, granadas, y misiles portátiles tierra- aire.

La llamada “Iniciativa Noruega Sobre el Traspaso de Armas Ligeras” estima que Latinoamérica importó en el año 2005 por lo menos $175 millones de dólares en este tipo de armas, municiones y repuestos. De esa suma, las empresas estadounidenses serían responsables de unos $50 millones. ¿Y el resto?

El informe de COHA afirma que Venezuela le compró recientemente $10 millones de dólares en armas ligeras a Bélgica y que en al año 2005 le compró a Rusia 100,000 rifles AK-47s por $4 millones, pero que además adquirió como parte de esta compra una licencia de producción propia para el mercado interno. Ese mismo año, Brasil, México, Argentina, y Chile fueron los mayores productores y exportadores masivos de armas ligeras en la región.  Y eso es sin contar que la pequeña producción de armas hechas a mano en Chile, Brasil, Colombia, Honduras, y El Salvador, contribuyen al comercio ilegal de estas armas por ser difíciles de controlar y porque traspasan las fronteras con facilidad asombrosa gracias al soborno, y a la plena impotencia de las autoridades. 


De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, las fatalidades relacionadas a armas de fuego son la principal causa de muerte entre latinoamericanos de 15 a 44 años de edad. Según la agencia de la ONU, las heridas de bala matan a entre 73,000 y 90,000 personas anualmente en América Latina.

Sin duda las armas llegan a nuestra región de todas partes del mundo -legal e ilegalmente- pero muchas son fabricadas por latinoamericanos. Cuando enterramos en Latinoamérica a nuestros muertos baleados, todos debiéramos mirarnos de reojo, con algo de culpabilidad.

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