Indignación en Italia ante la condena europea por los crucifijos en las aulas

La condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra Italia por exhibir crucifijos en las aulas desató indignación y rabia en las autoridades italianas y en la Iglesia católica, que tildó la sentencia de "ideológica, con una visión parcial" de la historia y la cultura.

La condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra Italia por exhibir crucifijos en las aulas desató indignación y rabia en las autoridades italianas y en la Iglesia católica, que tildó la sentencia de "ideológica, con una visión parcial" de la historia y la cultura.El gobierno italiano, que anunció que recurrirá la sentencia, atacó a la Corte por estar "impregnada de ideología" y ofender la historia y los símbolos de Italia."La presencia de crucifijos en las aulas no significa una adhesión al catolicismo, sino que representa nuestra tradición", afirmó la ministra de Educación, Mariastella Gelmini."Nadie, aún menos una corte europea impregnada de ideología, logrará arrancarnos nuestra identidad. Nuestra Constitución reconoce justamente el valor de la religión católica para nuestra sociedad", agregó.El Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó el martes a Italia por instalar crucifijos en las aulas, lo que consideró contrario al derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas y al derecho de los niños a la libertad de religión.Los jueces de Estrasburgo estimaron que la cruz puede ser interpretada fácilmente por los alumnos de cualquier edad como un símbolo religioso, lo que puede perturbar a los estudiantes de otras religiones o a los ateos.La sentencia, que tendrá que ser aplicada en tres meses en caso de que el recurso no sea aceptado, fue rechazada tajantemente por la jerarquía de la iglesia italiana."Suscita amargura y no poca perplejidad", reconoce en un comunicado la Conferencia Episcopal Italiana, que reprocha "la visión parcial e ideológica" y acusa a los jueces de ignorar el significado del crucifijo, "que es un símbolo no sólo religioso sino también cultural".La Iglesia católica batalla desde hace varios años contra el "laicismo" que domina en Europa y en varias ocasiones el papa Benedicto XVI, así como su predecesor Juan Pablo II, han pedido a las autoridades nacionales y continentales que defiendan los valores cristianos del viejo continente.El mismo Benedicto XVI reclamó en el 2005 el mantenimiento de los crucifijos en los lugares públicos, mientras un verdadero escándalo se desató en Italia en 2003 cuando un padre convertido al islam, Abdel Smith, obtuvo por parte de un tribunal el derecho de retirar la cruz de la escuela de su hijo.La decisión fue luego revocada y no se aplicó la sentencia. Italia estableció por ley en la década de 1920, bajo el fascismo, que las escuelas debían tener crucifijos y pese a que no se aplica estrictamente desde 1984, cuando el catolicismo dejó de ser religión de Estado, el debate sigue abierto."Italia no quiere ver los cambios que la sociedad vive, con la llegada de cientos de inmigrantes, muchos no cristianos, a los que considera sin ideas ni posiciones religiosas o políticas", comentó a la AFP Filippo Gentiloni, ex profesor de historia y filosofía de una escuela romana y experto en asuntos religiosos."La mayoría de los italianos se reconocen en esos símbolos religiosos", explicó a la AFP Franco Garelli, profesor de la universidad de Turín y experto en religiones, quien citó un estudio del 2007 que establece que el 77% de los italianos está a favor de los crucifijos en las aulas."La decisión de la Corte tiene como objeto anular nuestras raíces cristianas. Quieren crear una Europa sin identidad ni tradiciones", reaccionó por su parte Alessandra Mussolini, nieta del dictador y actual parlamentaria de derecha.Los únicos que aprobaron la decisión de la corte europea han sido los dirigentes de los dos partidos comunistas, los cuales aplaudieron una sentencia que confirma "el laicismo" del Estado y de la escuela.La prudencia mostrada por el nuevo líder del Partido Democrático, Pier Luigi Bersani, quien calificó el crucifijo en las aulas como "una tradición inofensiva", demuestra que el principal movimiento de la oposición de izquierda evita lanzarse por ahora en una batalla abierta contra la Iglesia y sus símbolos.

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