UN HOMBRE SERIO: Una Vida Ética

Para quienes buscamos respuestas en el cine, Un Hombre Serio parecería una broma cruel, pero tal vez indirectamente, la película de los hermanos Coen nos ofrece el único verdadero confort que se puede sacar de una buena obra de arte: saber que no estamos solos, que nuestras angustias existenciales son compartidas por otros.

La cinta tiene una trama sencilla en apariencia, pero su planteamiento podría ser elevado a la parábola de Job, a una fabula judía y más universalmente a la Paradoja de la Voluntad de Hegel. Un Hombre serio comienza con la cita de un rabino medieval francés que toma su consejo de la historia de Job: “Recibe con sencillez todo lo que te suceda”. Ubicada en Minnesota en 1967, Un Hombre Serio muestra, como tantas otras cintas y programas de televisión en boga (Revolutionary Road , Mad Men), el lado siniestro de los aparentemente tranquilos y felices suburbios de ese entonces.  Con la diferencia de que la acción no se centra en una “típica” familia americana, sino en una judía.  Visualmente, la paleta tiene los colores estridentes asociados con la época, pero el paisaje moral es gris.  El personaje principal, Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), es un profesor de física que confía en el orden de las matemáticas, pero lo que le funciona en el  salón de clases no le sirve en la vida real donde sus infortunios son varios. La mujer, que tiene un amante, le pide el divorcio; un vecino abusivo quiere poner una cerca quitándole metros a su jardín; los hijos le roban  dinero, y un largo etc.  Cuando los límites de su propiedad, desde el terreno de su casa, su dinero y hasta su esposa, no están definidos y nadie parece respetarlos, su propia libertad está siendo coartada. Según la Paradoja de la Voluntad de Hegel, la propiedad es la manifestación objetiva de nuestra libertad.   Al ser desprovisto de ella, solo resta aspirar a una libertad más elevada que sería la de la vida ética.  La moralidad es lo único que no se puede arrebatar y de la que se es totalmente dueño. El problema de la vida ética se resuelve cerrando el abismo entre nuestros deseos y la realidad creando explicaciones morales para reconciliarlos.  Parte de lo que ayuda a cerrar ese abismo son las respuestas comunales a esta frustración existencial. Los hábitos culturales son guías objetivas que contienen las intenciones morales de la vida ética. El problema es que Gopnik no encuentra los lineamientos que lo conduzcan a llevar la vida “buena”.  Como judío, Gopnik está al margen de la cultura en la que le tocó vivir, la conservadora Estados Unidos, con sus reglas claras y moral estricta. Su marco de referencia (como se lo recuerda una amiga), debe ser la milenaria fuente de sabiduría del judaísmo. Gopnik consulta a varios rabinos que utilizan elaboradas parábolas para confortarlo—parábolas que apuntan hacia una gran verdad, pero que terminan por  no revelar  nada.  Gopnik, no encuentra respuestas por ningún lado y termina como Job, aceptando pasivamente lo que le pasa.  Siguiendo con el paradigma de Hegel, la debilidad de la visión moral frente al mundo es tragedia. Obviamente (tratándose de Ethan y Joel Coen), el tono es de humor negro y la propia película podría ser el ultimo chiste, una parábola también sin sentido en la que no sólo se muestra una comunidad  y un Dios indiferente al dolor, sino también un director y escritor indiferentes a las reglas narrativas. Pero la cinta sí sugiere de alguna manera varias respuestas que están ahí para quien quiera encontrarlas. Por ejemplo, Gopnik les advierte a sus estudiantes que aunque no entiendan el principio de incertidumbre, son responsables de sus resultados en el examen final. Aunque la cinta se circunscribe a una visión del mundo explícitamente judía, rebasa sus propios límites y con extraordinaria sencillez refleja cuestiones existenciales profundas que nos son—o deberían ser—comunes a todos. 

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