Felices y bendecidos los humildes

El domingo pasado en nuestra Santa Eucaristía el tema del Evangelio era centrado en el Sermón de la Montaña o las Bienaventuranzas. Todavía resuenan esas palabras llenas de poder y fuego sobre nuestras vidas.

El domingo pasado en nuestra Santa Eucaristía el tema del Evangelio era centrado en el Sermón de la Montaña o las Bienaventuranzas. Todavía resuenan esas palabras llenas de poder y fuego sobre nuestras vidas. Seríamos indiferente o estaríamos sordos si no nos diéramos cuenta sobre el sacudon espiritual y la toma de conciencia para trabajar hoy en día con más fuerza en la acción social y la defensa de los derechos humanos. Las Bienaventuranzas son un himno y un mandato a la solidaridad mundial.

Es triste que ignoremos las palabras de Jesús en este tiempo de crisis moral y económica. No hay sentido en nuestra oración cuando somos indiferentes ante tantos niños y ancianos muriendo de hambre en el mundo, tantos mendigos y pordioseros en las calles y esquinas o en el medio del trafico pidiendo limosna. Cuantos que en el país más rico del mundo no tienen un hogar o tiene que estar escondidos o huyendo por situaciones de la falta de una reforma migratoria.

No podemos olvidar entonces que el lugar donde Jesús se sitúa en el Evangelio son los pobres. Y las páginas más bellas donde se manifiesta la bondad, la ternura y compasión de Dios en Jesús con los hombres son aquellas que están salpicadas de sufrimiento. Jesús vino a salvar y también a liberar. Y el dolor ya sea físico, moral, psíquico o espiritual es “tocado” por Jesús y es sanado y curado. Esta es la misión de Jesús.

Así se manifiesta en Lucas 4, 18-20: “El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ha ungido, para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivo, y a vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Escuchando a Jesús y realizando obras que beneficien a los más necesitados estaremos ayudando a construir el reino de los cielos. Con sus obras, con sus signos, Jesús proclama que el Reino de Dios ha llegado. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados. ¡Amen, Amen y Amen!

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