Etiquetas Falsas & Seguridad Nacional

Cuando uno compra alimentos leyendo las etiquetas de los productos, bien se puede estar enfrascado en un ejercicio inútil.

El caro queso de leche de oveja vendido en un mercado de Manhattan era en realidad de leche de vaca. El frasco de caviar de esturión (sturgeon) no era de tal, sino de un tipo de pez espada de agua dulce (paddlefish) del río Mississippi. Y algunos granjeros diluyen la miel de sus panales con melaza pero según sus competidores, la venden como miel 100 por ciento pura a un alto precio.

Estos no son casos ficticios sacados de alguna novela. Son casos reales.

El fraude  de este tipo es común y las autoridades federales de la época de George W. Bush, tan fervorosos en su equivocada creencia de que las propias empresas son siempre sus mejores guardianes, dejaron que el problema crezca.

El año pasado un hombre de Fairfax fue hallado culpable de vender diez millones de libras de filetes del baratísimo siluro o bagre (catfish) provenientes de Vietnam, como si fuesen de los mucho más caros mero (grouper), pargo colorado (red snapper) y lenguado (flounder).  El pescado-barato-vendido-como- caro fue distribuido a nivel nacional antes de que la estafa fuera descubierta. 

El fraude en los productos alimenticios ha sido documentado en jugos de fruta, aceite de olivo, condimentos, vinagre, vino, licores, melaza de maple y parece ser un problema significativo en la industria de la comida de mar. Las víctimas han sido desde pequeñas tiendas de barrio hasta multimillonarias empresas como E&J Gallo and Heinz USA.

Por otro lado, la aparición de herramientas de alta tecnología como las pruebas de ADN ha hecho que se pueda detectar más fácilmente fraudes que hace apenas una década no hubiesen sido descubiertos.  ADN extraído de células de pescado, carne, arroz o café permite verificar su procedencia exacta. Otras tecnologías modernas en uso nos permiten saber si un pescado creció en una poza ó en mar abierto, o si cierto caviar vino de Finlandia o de un río en Estados Unidos.

Cuánto beneficie esta tecnología al consumidor, sin embargo, está por verse.

La responsabilidad de asegurarse que las etiquetas de los alimentos nacionales y extranjeros que nos venden no sean un engaño es de la agencia federal de Administración de Alimentos y Fármacos; pero la FDA (por sus siglas en inglés) solo revisa, por ejemplo, el 2 por ciento del pescado que entra al mercado estadounidense proveniente de otros países.

Esto se debe al menos en parte a que –con los millones de toneladas de alimentos que ingresan del extranjero a Estados Unidos cada año- la agencia ha tenido que priorizar sus tareas. Número uno es evitar el ingreso de productos contaminados en general, y de productos contaminados con fines terroristas en particular. 

El robo de unos cuantos dólares al consumidor que inocentemente cree estar pagando por un producto fino pero que en realidad está comprando algo barato pierde importancia en ese contexto. Y esa, es la  realidad que vivimos.

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