Elegidos para proclamar un Cristo Vivo

Con un mundo sin rumbo, sin norte y desfocado en que nos encontramos actualmente es necesario que nos preparemos y animemos a otros a anunciar el Evangelio.

Con un mundo sin rumbo, sin norte y desfocado en que nos encontramos actualmente es necesario que nos preparemos y animemos a otros a anunciar el Evangelio. Nuestra sociedad actual necesita urgentemente laicos comprometidos en la predicación y en la participaron de ministerios que atraigan nuevos miembros y animen a los que ya están en nuestra Iglesia.

El mismo San Pablo entendió que el mensaje de Jesús no se podía quedar en una sola persona, una voz o una Iglesia tenían que convertir en el compromiso de todos porque la Iglesia somos todos y para todos. El mismo nos recuerda “¡Ay de mi si no evangelizo!” (1 Cor 9-16). San Pablo nos demuestra su enamoramiento de la palabra de Dios a través de su obra evangelizadora, la predicación de San Pablo dejaba huella y eco en los corazones de los creyentes.

Definitivamente la mejor forma de evangelizar consiste en dar testimonio de aquello en lo que creemos. Cada bautizado en la Iglesia Católica debe ser un predicador de calidad, que impresione a su hermanos y que los convenza de que están en la Iglesia verdadera; “La Católica”. “Yo cuando fui a predicar, no fui con el prestigio de palabra elegante, ni de sabiduría. Me presente débil, tímido, tembloroso y mi palabra y mi predicación no tuvieron anda de los persuasivos discursos de la sabiduría para que la fe de los oyentes no se funde en la sabiduría del hombre sino en el poder de Dios” (1 Cor 2, 1-6). El evangelizador de este nuevo mundo, debe ser un gran instrumento de Dios. No es una mera herramienta que no tiene filo y que se queda de adorno.

El evangelizador elegido por Dios debe proclamar un Cristo vivo con exigencia buena, alegre, bella, dulce, misericordiosa. En la misma línea de no podemos callar lo que hemos visto y oído ( Hc 4, 20). San Pablo quiere decir algo mas profundo: si no evangelizo. Yo pierdo mi oportunidad y también la pierde el otro, el que talvez sin saberlo, esta esperando nuestra intervención fundamental para creer y sumarse al plan salvifico y amoroso de Dios.

No hay que tener miedo a prestar el servicio como servidor de Cristo en los ministerios de predicación, sanación, liberación, intercesión, ministros extraordinarios de la Eucaristía, lectores etc. Hay que decirle si a Dios y dejar que el Espíritu Santo nos de la fortaleza y nos quite la flojera espiritual como San Pablo nacido al hombre nuevo, tenemos que reconocer las otras fronteras de nuestra sociedad, aquellas que nos reclamen ir mas allá y “navegar mar adentro”. La clave es oración, ayudo, compromiso, ganas de servir y dejar el miedo en le pasado. ¡a Él la gloria por los siglos de los siglos! Si se puede.

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