Chéri o cómo envejecer con gracia

La historia está ubicada en la época y el lugar que encarnan perfectamente el punto central de la historia, la transición entre lo antiguo y lo moderno, lo exquisito y lo práctico, lo sublime y lo grotesco.

Tres años después de dirigir La Reina (The Queen, 2006), por la que ganó un Oscar, Stephen Frears vuelve a presentarnos el retrato íntimo de una mujer madura que acostumbrada al poder, tiene que reconocer que su tiempo ha pasado y dar paso a la juventud con sus nuevas reglas. En La Reina, Isabel II, cede a regañadientes a la realidad de que su pueblo adora a su odiada nuera, Diana de Gales, y mostrar  públicamente alguna señal de duelo por su muerte. En Chéri, Lea de Lonval (Michelle Pffeifer), una exitosa cortesana que hizo su fortuna seduciendo a los hombres con su exquisita belleza, sucumbe por primera vez al amor de un muchacho a los 50 años, pero tiene que resignarse a perderlo para que él viva su juventud sin ataduras. La historia está ubicada en la época y el lugar que encarnan perfectamente el punto central de la historia, la transición entre lo antiguo y lo moderno, lo exquisito y lo práctico, lo sublime y lo grotesco. La Bella Epoca, ese momento de ensueño entre el siglo XIX y el XX, antes de despertar a la brutal realidad que vino con la Primera Guerra Mundial. 

Frears dirige (y narra-con una bella voz) la historia con el tono evocativo y voluptuoso que hemos llegado a asociar con esa época. La belleza, elegancia, opulencia de los decorados son el eco perfecto en el que resuena la trama.  Cada detalle, cada encaje de los maravillosos manteles, cada copa de cristal luminoso, cada pintura y cada vestido revelan un estilo de vida que se llevaba como un arte dedicado al ocio, las fiestas, la conversación ligera y, por supuesto, al amor. Nadie mejor que Lea para dominar el tema. Como una de las cortesanas más exitosas, Lea llega a la edad de retirarse con suficientes fondos para llevar una vida holgada. Lea solo se entiende rodeada de los objetos que la rodean, recuerdos de una gloria pasada, evanescente. Como su belleza, los decorados tienen el aire de que están a punto de desaparecer. 

El inglés Rupert Friend encarna al joven seductor, vanidoso y hedonista Fred Peloux, conocido por el cariñoso mote de Chéri (querido en francés). En la novela, escrita en 1920 por Colette, es Chéri el que se lleva todas las miradas con su belleza decadente y casi femenina. Sin embargo, en el filme es Pfeiffer la que se lleva las palmas. Una vez más demuestra que detrás de su espectacular belleza siempre estuvo una gran solidez como actriz. Aun bella sin tratar de esconder sus años como tantas de sus colegas (Sharon Stone, Nicole Kidman, etc), la Pfeiffer porta sus años con dignidad y elegancia. A pesar de que Chéri la ama y vive con ella (y de ella) por 6 años, termina casándose con con una muchacha en un matrimonio arreglado por su madre (Kathy Bates). El brutal golpe es sobrellevado por Lea con la elegancia y la gracia que siempre fueron su sello como cortesana.

La dirección artística es extraordinaria. La cinta fue filmada en algunos de los mejores ejemplos de la arquitectura Art Nouveau en Paris.  La deliciosa recreación de época fue capturada por la  camara de Darius Khondji y acompañada por la música de Alexandre Desplat.

La francesa Sidonie Gabrielle, Colette (1873-1954) fue novelista y periodista, una mujer adelantada a su época, de espíritu libre e independiente. En sus novelas que exploraron el mundo de los sentimientos, las emociones y las relaciones físicas, defendió los derechos de la mujer y la pasión de la carne por encima de ataduras morales. Casada a los 20 años con Henry Gauthier-Villars, un joven libertino y escritor, además de engañarla con otras mujeres se aprovechó de su talento como escritora para firmar él mismo algunos de sus trabajos, como las novelas de Claudine. El matrimonio duraría trece años, a lo largo de los cuales Colette se iría alejando progresivamente de su marido buscando una vida independiente.

En 1911 contrajo matrimonio con el periodista y político Barón Henry de Jouvenel, con quien tendría a su única hija. Colette se convirtió entonces en mentora del hijo de 17 años del barón, con quien mantendría además un romance, experiencia que sería clara fuente de inspiración para sus novelas Chéri.

Para entender el sentido profundo, íntimo, real de la obra de Collette habría que prestar atención a sus palabras. “Por medio de una imagen podemos a veces aferrarnos a nuestra posesiones, pero es la desesperación de perderlas la que recoge las flores de la memoria y ata el bouquet.” (Mes Apprentissages, 1936).

Chéri es un homenaje a la belleza y gracia de un mundo que está a punto de desaparecer con la carnicería brutal e inútil de la Primera Guerra Mundial. Esa lánguida, ingenua y romántica forma de vivir jamás volverá a ser y la Pfeiffer encarna perfectamente ese ideal de belleza evanescente, frágil e inasible.

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